En Rubielos de Mora todavía se mantienen antiguas tradiciones de artesanía manufacturera, aunque poco a poco va perdiendo peso en la actividad económica de la localidad. La forja, la cerámica y la madera son artes que todavía se conservan, tomando especial importancia en todo el conjunto monumental. Gracias a ello, la villa ha recibido premios de turismo, promoción y conservación de los recursos patrimoniales.

Alfarería

El municipio llegó a tener 3 afarerías, en las cuales trabajaban varios alfareros: en el Plano, en el Cerezo y en las Ollerías. El primer dato hallado entorno a este oficio es de 1573. Según una estadística de 1837, se llegaron a contar 11 alfareros en total. Fue entre los años 1940 a 1974 cuando cerraron los últimos siete que existían. En 1938 se alcanzó casi la primera cifra en número de alfareros, existiendo entonces  8 esparcidos por la localidad. El último que aplicó su arte de alfarero fue Esteban Pastos Goikoa.

La tierra venía del Calvario, terreno de propiedad particular, sobre el que los olleros tenían preferencia y derecho de traer arcilla. Se extraían dos tipos de arcilla:

  • Arcilla blanca: para la realización de cántaros “blancos”.
  • Arcilla roja, o mezclada con tierra arenosa: para la realización de ollas (1 parte de arcilla por 3 de arena).

El barniz se traía desde Valencia.

La herramienta empleada era un torno de pie tradicional, formado por dos discos de madera unidos por un eje vertical de hierro. El superior era conocido como “el cabeza” y el inferior, mucho más grande, denominado “la rueda”.

El cántaro tradicional de Rubielos era estilizado, con base estrecha, cuello alto y dos asas. El cántaro rojo lo hacían de tres tamaños: grande (12 litros), medio (8 litros) y pequeño (1 o 1,5 litros). En cuanto al cántaro blanco o de reja, tenía una tierra especial que contaba con más porosidad de pared que lograba más calidad de agua. Era una vasija de dos asas, con reja cerrándole la boca y pitorro para beber o no de él. También se hacía en tres tamaños: Grande (6 litro), medio (4 litros) y pequeño (medio litro).

La labor de la alfarería rubielana era muy variada tanto en materiales como en forma, llegando a hacer labores esmaltadas, en fuentes, escudillas, peroles o hermosas benditeras u objetos de cocina. Una de las piezas más relevantes eran los botijos “de torre”, de 4 asas y 2 o 3 órdenes de pijorros o pitorros y donde solo uno emana el agua. Se llenaban por debajo.

Forja. El hierro y el fuego

El trabajo de los metales tuvo en otro tiempo gran relieve. Prueba de ello son las rejas y cerraduras, junto a los herrajes de muchas puertas que todavía pueden admirarse en numerosas casas de Rubielos. Todavía se mantienen forjas de hierro activas, algunas de las cuales han tenido una semi-industrialización. Su producción se centra en la cerrajería, rejería y utillaje para el hogar y el trabajo agrícola y ganadero, aunque en los últimos tiempos también se atreven con grandes esculturas decorativas.

Los orígenes de este oficio se dieron en 1890, cuando Juan Antonio Baselga Bayo abrió una herrería en la casa donde nació el “Barrio de los Baltasares”. La herrería pasó de generación en generación, tomando especial protagonismo Manuel Baselga, autor de muchas de obras en Rubielos, incluso llegando a Teruel y Castellón. A este se unió José Gonzalvo, artista de forja por excelencia de la localidad e hijo predilecto de la villa.

Un detalle de las obras elaboradas en forja característico de Rubielos son las farolas. Cada una porta un motivo diferente en la parte superior, un gracioso adorno que es único en la provincia. Todos estos motivos hacen alusión a tradiciones, oficios o símbolos que acontecen a cada una de las diferentes calles. A su vez, también destacan los llamadores de las puertas.

Uno de los trabajos que realizaban los herreros tradicionales era escaldar las hachas. Esta faena consistía en estirar el corte, cuando su grueso ya no podría afilar porque se había gastado por el uso. Otra de las tareas de los herreros era el afilado de todas las herramientas agrícolas que, por su roce constante, perdían su punto o corte. Y, por supuesto, una de las tareas más importantes era la realización de herraduras para las caballerías.

Actualmente dos talleres de forja artística existen en Rubielos, La Zarza y Forja Ros, donde todavía se siguen realizando piezas de artesanía en forja.

Telas

Durante la Edad Media las telas se tratabas en muchas casas señoriales y zonas de Rubielos.

La Casa Consistorial se construyó para ser una gran lonja, por lo que bajo la arquería que preside el patio, se desplegaba un mercado donde se vendía todo tipo de productos. Uno de los que mayor fama adquirió en ese momento fueron las telas, elaboradas y vendidas por la población.

El color típico de estas era el rojizo teja de tono arenoso. De esos primeros paños surgió la bayeta que conocemos hoy en día.

Existían muchos oficios relacionados con la artesanía de la tela, desde los tejedores y cardadores hasta los pelaires y vendedores. Algún barrio debe su nombre actual a aquello tiempos, como, por ejemplo, “La Tañería”, lugar donde se teñían dichos productos.

El historiador portugués Lavaña, en 1611, ya mencionó que por aquel entonces casi toda la población se dedicaba a la fabricación de estos paños: cordellates, paños anchos y estameñas, consumiendo gran cantidad de lana y manteniendo en la población 50 telares.

En el siglo XVIII se elaboró una nueva ordenanza para este oficio que se separaba en 74 apartados, ya que era muy importante la calidad de los productos. Una vez realizados tenían que pasar por la Aduana de Tejedores con la finalidad de comprobar las medidas y el peso.

Tras la Guerra Civil estas formas de trabajar los tejidos fueron desapareciendo.